Los seres humanos somos un batiburrillo de cosas entremezcladas, algunas que podríamos llamar propias y otras que nos vienen de fuera, pero al fin y al cabo, un conjunto de elementos interrelacionados que van a acabar por formarnos como personas únicas. Pero resulta apabullante cómo una persona es capaz de integrar toda la información que conoce sobre sí mismo en un conjunto coherente y estable en el tiempo. Es lo que llamamos autoconcepto:
El autoconcepto es el conjunto de características que nos definen como personas; la imagen que tenemos sobre nosotros mismos, nuestras capacidades y nuestras limitaciones a todos los niveles (físico, cognitivo, social, etc.) y que permiten definirnos como individuos distintos entre el resto de personas.
El autoconcepto es objetivo y marca una tendencia general: soy capaz de hacer esto, pero no de hacer esto; me identifico con esta característica pero no con la contraria. Es cierto, que las personas somos totalmente dependientes del contexto en que nos desarrollamos, y que no somos estables y estáticos, sino cambiantes según las circunstancias. Por tanto, el autoconcepto no habla de cualidades absolutas sino de generalidades que se suelen aplicar a lo que pensamos sobre nosotros mismos y a lo que podemos hacer. Otro tanto pasaría con nuestra personalidad.
Sin embargo, el autoconcepto no es el único elemento que conforma nuestra propia visión, pues también somos capaces de juzgar esa visión. Esta dimensión valorativa del autoconcepto es lo que llamamos autoestima: yo soy capaz de hacer esto y me siento bien por ello, pero el tener dificultades para esto otro me hace sentir mal porque se supone que debería poder.
La autoestima, puesto que es valorativa, puede darse de manera positiva (potenciando los elementos de nuestro autoconcepto con los cuáles estamos a gusto o contentos) o negativa (con respecto a esas cosas de nosotros mismos con la cuáles no estamos contentos y nos gustaría mejorar). Ésta es muy, muy dependiente de las circunstancias, al igual que todo lo humano, hasta tal punto que los elementos sociales y culturales pueden determinar que una característica personal tenga tendencia a la autoestima positiva o negativa.
Por otra parte, hablamos de una autoestima general y de varias dimensiones de la autoestima. Con dimensiones de la autoestima hacemos referencia a nuestra percepción acerca de nuestra competencia en ciertas habilidades o situaciones concretas (por ejemplo, en el caso de los niños hablamos sobre su autoestima en competencia cognitivo-académica o en actividades físicas). A partir de estas sub-autoestimas y de sus valoraciones positivas o negativas, cada uno de nosotros realizamos un inconsciente balance y conformamos una autoestima general, un estadío más o menos estable en el que nos movemos cotidianamente de bienestar y competencia, o de malestar y sentimiento de incapacidad.
Autoconcepto y autoestima son elementos clave para las personas: el primero ofrece a la persona una percepción objetiva de sí mismo; la segunda ofrece una percepción subjetiva capaz de dirigir la conducta hacia las acciones y conductas con mayor probabilidad de éxito. Cooperan y trabajan juntos para ayudar al individuo a dirigirse, de modo que son elementos básicos de la vida psicológica humana.
Pero hay que tener cuidado con la autoestima debido precisamente a su subjetividad: puesto que es una percepción propia sobre uno mismo, puede estar alterada y no ser real. Es habitual, por ejemplo en los adolescentes, que se sientan incapaces de hacer cosas para las que están completamente capacitados, o lo contrario, excesivamente confiados de modo que actúan sin pensar cuando en realidad no se encuentran preparados para afrontar las consecuencias.
La autoestima es muy útil como protectora de nuestro sistema cognitivo manteniendo un equilibrado bienestar en base al autoconcepto, pero en exceso o en defecto puede acarrear problemas al sujeto a nivel social (relaciones sociales), cognitivo (percepción sobre las propias capacidades) e incluso físico (actividades que se considera que se pueden o no hacer). Así que un consejo: la autoestima, mejor con tendencia a la alza porque asegura una base para nuestra felicidad, pero también hay que saber dónde está el límite entre lo que es bueno para uno y lo que es bueno solamente para uno.
El autoconcepto es el conjunto de características que nos definen como personas; la imagen que tenemos sobre nosotros mismos, nuestras capacidades y nuestras limitaciones a todos los niveles (físico, cognitivo, social, etc.) y que permiten definirnos como individuos distintos entre el resto de personas.
El autoconcepto es objetivo y marca una tendencia general: soy capaz de hacer esto, pero no de hacer esto; me identifico con esta característica pero no con la contraria. Es cierto, que las personas somos totalmente dependientes del contexto en que nos desarrollamos, y que no somos estables y estáticos, sino cambiantes según las circunstancias. Por tanto, el autoconcepto no habla de cualidades absolutas sino de generalidades que se suelen aplicar a lo que pensamos sobre nosotros mismos y a lo que podemos hacer. Otro tanto pasaría con nuestra personalidad.
Sin embargo, el autoconcepto no es el único elemento que conforma nuestra propia visión, pues también somos capaces de juzgar esa visión. Esta dimensión valorativa del autoconcepto es lo que llamamos autoestima: yo soy capaz de hacer esto y me siento bien por ello, pero el tener dificultades para esto otro me hace sentir mal porque se supone que debería poder.
La autoestima, puesto que es valorativa, puede darse de manera positiva (potenciando los elementos de nuestro autoconcepto con los cuáles estamos a gusto o contentos) o negativa (con respecto a esas cosas de nosotros mismos con la cuáles no estamos contentos y nos gustaría mejorar). Ésta es muy, muy dependiente de las circunstancias, al igual que todo lo humano, hasta tal punto que los elementos sociales y culturales pueden determinar que una característica personal tenga tendencia a la autoestima positiva o negativa.
Por otra parte, hablamos de una autoestima general y de varias dimensiones de la autoestima. Con dimensiones de la autoestima hacemos referencia a nuestra percepción acerca de nuestra competencia en ciertas habilidades o situaciones concretas (por ejemplo, en el caso de los niños hablamos sobre su autoestima en competencia cognitivo-académica o en actividades físicas). A partir de estas sub-autoestimas y de sus valoraciones positivas o negativas, cada uno de nosotros realizamos un inconsciente balance y conformamos una autoestima general, un estadío más o menos estable en el que nos movemos cotidianamente de bienestar y competencia, o de malestar y sentimiento de incapacidad.
Autoconcepto y autoestima son elementos clave para las personas: el primero ofrece a la persona una percepción objetiva de sí mismo; la segunda ofrece una percepción subjetiva capaz de dirigir la conducta hacia las acciones y conductas con mayor probabilidad de éxito. Cooperan y trabajan juntos para ayudar al individuo a dirigirse, de modo que son elementos básicos de la vida psicológica humana.
Pero hay que tener cuidado con la autoestima debido precisamente a su subjetividad: puesto que es una percepción propia sobre uno mismo, puede estar alterada y no ser real. Es habitual, por ejemplo en los adolescentes, que se sientan incapaces de hacer cosas para las que están completamente capacitados, o lo contrario, excesivamente confiados de modo que actúan sin pensar cuando en realidad no se encuentran preparados para afrontar las consecuencias.
La autoestima es muy útil como protectora de nuestro sistema cognitivo manteniendo un equilibrado bienestar en base al autoconcepto, pero en exceso o en defecto puede acarrear problemas al sujeto a nivel social (relaciones sociales), cognitivo (percepción sobre las propias capacidades) e incluso físico (actividades que se considera que se pueden o no hacer). Así que un consejo: la autoestima, mejor con tendencia a la alza porque asegura una base para nuestra felicidad, pero también hay que saber dónde está el límite entre lo que es bueno para uno y lo que es bueno solamente para uno.
